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miércoles, 29 de octubre de 2014

Mi encuentro con Rafael Alberti



 

            Ayer hizo 15 años que murió el excelso poeta Rafael Alberti, aquel que no quiso ser académico de la lengua española porque no había terminado el bachillerato y tenía faltas de ortografía. Y todo esto me viene a la memoria porque pasé toda una mañana con él por la ciudad de Palma de Mallorca, tras nuestro encuentro en el Ayuntamiento, junto a Nuria Espert, y recorrer, después, algunas calles de la capital balear. De ello hace unos 35 años; mes más, mes menos.

            De aquel día me acuerdo la caminata que nos dimos por el Paseo de Mallorca, donde estaba mi periódico “Baleares”  y comentarle lo ágil que estaba, un tiarrón fuerte y con una voz muy masculina, pero con un alma exquisita.

            Le debió de gustar mucho mi entrevista a Rafael porque tuvo la delicadeza de enviarme por correos postal una octavilla firmada por él y por Nuria en la que decía ·”A Rivero, gracias”. Aún la conservo, aunque deslucida por el paso de los años.

De Nuria Espert guardo una anécdota de aquella misma mañana que tuvo que ver con la representación de Medea en el teatro romano de Mérida en el verano de 1979. Había ido con un par de amigas de mi pueblo de Brozas a escucharla en esta magna representación, desde que Margarita Xirgu la estrenara en 1933 en presencia del presidente de la República, Manuel Azaña. Pues bien la noche en la que la Espert estaba representando el papel de Medea, junto a Carlos Ballesteros, y  bajo la dirección de José Tamayo, hubo tal guirigay en el recinto del teatro que los actores tuvieron que parar la representación. Yo no sabía qué hacer y sólo le dije a mis dos amigas que aplaudiéramos. Aplaudimos tan fuerte que todo el teatro nos siguió y a los pocos minutos, los dos actores recomenzaron la actuación; Nuria, aún guardaba en su memoria este incidente y me agradeció que nos pusiéramos a aplaudir.
 
 
 

Como tenía intención de que Rafael, el Gran Alberto, me dedicara un libro, me compré ese día su famoso libro de poemas “Sobre los ángeles” (1927 – 1928), que me dedicó y en el que me hizo un dibujo que guardo en mi biblioteca con gran cariño de bibliófilo.

Un detalle más: Fui, por la noche, a disfrutar de la lectura de poemas de Nuria y de Rafael en el Castillo de Bellver. Yo sentado en el suelo mientras cientos de personas, aposentadas en sillas de tijera, escuchaban con respeto y admiración los grandes poemas de la literatura española. Fue una noche para disfrutar de la cultura

Y un último apunte: meses más tarde, allá por octubre de 1979, fue mi primer viaje a América, concretamente a Venezuela, Argentina y Brasil, donde pasé cerca de un  mes. En el avión de Iberia, un Douglas DC-10, me encontré con Rafael Alberti. Nos reconocimos y le volví a dar las gracias por el detalle de enviarme por correo postal una octavilla con el agradecimiento. Su contestación fue muy simple: “Rivero, ya está bien de darnos mutuamente las gracia”, y charlando un rato más… dejé de ver al admirado poeta gaditano. Esto es sólo intrahistoria, él ya está en el Parnaso, la patria de los buenos poetas.

jueves, 20 de octubre de 2011

El Salto Ángel, un regalo de Dios a Venezuela























Si el día de ayer fue una jornada inolvidable, la de hoy fue memorable y extraordinaria. Tuve la gran oportunidad de visitar el Salto Ángel, una de las siete maravillas naturales de la Humanidad. Todo el mundo ha pido hablar de él, pero sólo el 5 % de la población venezolana ha ido a conocerlo por tierra o por aire.

El viajero se había levantado temprano, a las 4 de la madrugada pero el salto no llegó a verlo por primera vez hasta las 11,03.Fue un largo viaje de algo más de 90 kilómetros desde el puerto de Canaima hasta llegar a ver coronada la aventura.

En una canoa con motor fuera borda que los indígenas llaman curiara que pilota Saúl, un pemón que trae a su hijito Saúl de sólo cuatro años. El niño me da pena, pues a esa temprana edad ya está levantado a las 5 de la mañana. Me cuenta Héctor, otro pemón, cuyo nombre en su idioma es Mumba que al nacer un niño queda bajo la tutela de su padre quien le enseña su profesión y cómo andar por la selva. La economía del pueblo pemón era antes la pesca y la recolección de frutos; ahora lo 1.165 (creo que nació uno ayer) se dedican al turismo, una actividad mucho más productiva. Son amables y muy educados, aprenden con primor las labores propias del sector turístico y atienden con una sonrisa al viajero que hasta aquí se acerca.

Me cuenta William Chung, relaciones públicas del hotel Venetur Canaima, www.venetur.gob.ve que a esta zona de Canaima llegan muchos rusos, chinos y japoneses, sin olvidarse de los españoles. A mi vuelta me encontré con una pareja italiana, que disfrutó del Salto Ángel desde las alturas, en una avioneta que se acercó hasta allí y cuyo viaje cuesta entre 500 y 600 bolívares, (unos 50 euros). También quedaron extasiados.

Llegar hasta el salto cuesta lo suyo; se sufre, se busca la meta, se observa la selva desde el centro del río, mientras cae una manta de agua que me deja empapado. La ropa seca, en una bolsa de plástico como la cámara fotográfica. Los rápidos hace que el viaje se convierta en peligroso, pero la maestría de Saúl resuelve la situación. Se llega a la Isla del Ratón, a la vera del río que trae las aguas del Salto Ángel.

¿Y qué decir de mi impresión personal al ver esta maravilla de la naturaleza? Sin duda ha sido la jornada cumbre de este viaje. Contemplar con paz y sosiego el Salto Ángel, da una gran energía positiva. Es algo único, extraordinario, maravilloso, delicioso, singular, de una belleza inenarrable...

Los indígenas llaman a este salto Kerepacupay Vena, pero cuyo nombre es conocido como Salto Ángel, por el norteamericano Jimmy Ángel, lo descubrió en los años 30 del siglo pasado. Tiene una caída libre de 979 metros y el agua tarda en llegar a la base más de 25 segundos. Un tiempo a solas con uno mismo, observando en silencio la belleza del lugar y reflexionando del regalo que el Dios de la naturaleza le donó a los venezolanos.


Ahora se comprenden mejor las palabras con las que se quiere atraer a viajeros hasta este bello país hispano: “Venezuela, conocerla es tu destino”

miércoles, 19 de octubre de 2011

Por la Laguna de Canaima











19 de octubre de 2011,

Día de San Pedro de Alcántara, patrón de Extremadura.

El viajero ha tomado un avión privado desde Puerto Ordaz hasta la pista de la selva venezolana, del Parque Nacional de Canaima. El aparato era un BaE Jetstream 32, de 18 plazas, en el que volábamos sólo 14 pasajeros. El avión comenzó a rodar en la pista de despegue a las 8 de la mañana y 40 minutos más tarde entrábamos en la de Canaima. Mientras a la izquierda se veía al despegar el hotel Venetur Orinoco con las cascadas que ayer visitamos, al llegar las cascadas que dan a la Laguna de Canaima.

Hacia las diez de la mañana, tras visitar el campamento, se toma una barca curiara, construida de un solo tronco del laurel, un árbol que los habitantes de esta zona de Venezuela, los pemones, encuentran cada vez más lejos de su tierra. Después se sale a visitar la laguna de Canaima con sus respectivos saltos, entre ellos Ucaima, La Golondrina y Guadaima.

Es curioso el agua de esta laguna, negra con una preciosa espuma blanca, que es un champú natural para el cabello. El color del agua en la orilla es parecido al de chocolate, color que le proporciona una la vegetación abundante que hay.

Tras un almuerzo reparador, viene una siesta a la española que al viajero le sienta muy bien para comenzar el viaje al cercano Salto del Sapo, cuyo nombre se debe a un sapo que habita allí en los meses de invierno. El rápido tiene unos 45 metros de altura y para llegar hasta él hay que cruza la laguna Canaima, hacer una larga caminata por la sabana para aposentarse por encima de la cascada: bellísimo el lugar. En el lugar se ven dos clases de hormigas: Las rojas, que se clavan en la piel del senderista, y que desprenden un olor especial. Son comestibles y entre los pemones tienen fama de afrodisiaco. La segunda la llaman “24 horas”, pues si tienes la desgracia de picarte tienes fiebres durante todo un día y es sin contar la serpiente coral, a la que en Venezuela llaman “tres pasitos”, que son los que das antes de caer fulminantemente muerto, eso son contar con la temida anaconda.


Posteriormente del corto paseo en barca, se camina por la zona selvática para entrar debajo de la cascada, donde caen cada segundo miles y miles de litros de agua. Se cruza con cierto temor debajo de las piedras donde se derrumba el líquido y se pasa a la otra orilla donde se ve como cae el agua y se capta la energía positiva que hay en el lugar. Sin duda, una gran experiencia, que se complementa con la bellísima puesta de sol que enhechiza el alma al abrir las compuertas del espíritu. Una inolvidable jornada.